Gracias, no necesitamos tantas COSAS

Rodrigo Restrepo Ángel (Guru Dip Singh)

Imagen tomada de: biblioteca.iednetwork.com
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Llegó a mis manos La historia de las cosas. Se trata de la versión extensa del video homónimo que hace unos años se convirtió en un fenómeno de la red. The Story of Stuff (ver el video anexo) fue lanzado en 2007 por la ambientalista y experta en desarrollo sostenible Annie Leonard y, a la fecha, se calcula que ha sido vista por cerca de 12 millones de personas en 224 países y 12 idiomas, entre los cuales se cuentan el árabe, el mandarían y el tailandés.

La razón de su éxito es simple: Leonard muestra, con una agudeza clínica y a la vez sencilla, la disfuncionalidad de todo nuestro sistema de circulación de bienes, el modelo de “extraer-fabricar-desechar”, como ella lo llama. Mirando un poco más a fondo, La historia de las cosas es una crítica muy sólida al paradigma que sustenta dicho sistema, y que puede resumirse en una sola palabra: más. Más COSAS. Más dinero. Más trabajo. Más explotación de los recursos… El crecimiento económico es el dogma incuestionable de nuestro tiempo.

Por fortuna, es un dogma cuya falsedad resulta cada día más evidente. Dice Leonard en su libro: “La profunda e inquebrantable fe que nuestra sociedad deposita en el crecimiento económico se basa en el supuesto según el cual el crecimiento infinito es tan bueno como posible. Pero ninguno de los dos predicados es verdadero. No podemos implementar un sistema económico expansivo en un planeta de tamaño fijo por tiempo indefinido… En consecuencia, el crecimiento económico infinito es imposible. Tampoco ha resultado ser, una vez satisfechas las necesidades humanas básicas, una estrategia para incrementar el bienestar humano. Después de cierto punto, el crecimiento económico (más dinero y más COSAS) deja de hacernos felices”. Simple, ¿no?

Desde joven, Leonard se obsesionó por la basura, y esa obsesión la llevó a viajar durante más de diez años alrededor del mundo, rastreando tanto el origen de las materias primas de las COSAS que consumimos, como el destino de dichas COSAS una vez las desechamos. El objetivo de su libro y de su video es examinar los impactos ocultos de las COSAS que consumimos en nuestra vida, como una estrategia para generar conciencia y ayudarnos a desconectarnos del paradigma del crecimiento ciego. Leonard analiza con lujo de detalles todas las fallas de las diferentes fases del sistema: la extracción, la producción, la distribución, el consumo y el desecho. Su examen es impresionante. Aquí, unas cuantas cifras producto de su investigación:

  • Más del 80% de los bosques nativos del planeta ya desaparecieron
  • En todos los cuerpos analizados hoy en día, en cualquier lugar del mundo (incluidos los bebés recién nacidos), aparecen sustancias químicas industriales y agrícolas de carácter tóxico
  • El 51% de las economías más grandes del planeta son corporaciones
  • El 1% más rico del mundo concentra tantas riquezas y COSAS como el 57% más pobre

La mala noticia es que la falla es estructural. La buena es que, como todo el sistema es disfuncional, es posible desbaratarlo o corregirlo desde muchos puntos distintos. Es curioso, sin embargo, que la autora no ponga el énfasis en los típicos puntos de los ecologistas. No es una defensora del reciclaje o del consumo consciente o ‘verde’. Desde luego, es necesario reciclar y comprar los productos menos tóxicos, explotadores y dañinos que podamos. Y, sin duda, debemos reciclar y reutilizar al máximo las COSAS que pasan por nuestras manos. Sin embargo, el problema de fondo necesita soluciones de fondo, más enfocadas en el nivel político, económico y de valores. Aquí, apenas tres propuestas extraídas de La historia de las cosas:

  • Construir comunidades locales fuertes. Además de hacer nuestras vidas más largas y felices –pues la mayor contribución a la felicidad humana es la calidad de las relaciones sociales– construir comunidades trae varias ventajas al planeta: implica comprar menos COSAS y compartir más, usar menos energía y consumir menos recursos. “Cuantos más recursos locales consumimos –desde los vegetales hasta las herramientas prestadas–, menos energía se consume en el transporte de estas COSAS por todo el planeta. Además, vivir en comunidades fuertes tiene un efecto psicológico muy interesante: cuando la vida está regida por el yo consumidor, los pensamientos y las decisiones (incluso las ecológicas, como qué comprar o cómo reciclar) se inclinan a favorecer nuestra persona individual. Cuando estamos inmersos en una comunidad sólida, nuestra visión se amplía y nuestras decisiones toman en cuenta los impactos en una escala amplia. Dejamos de preguntarnos ¿qué puedo hacer yo como consumidor?, para pasar a plantearnos: ¿qué podemos  hacer nosotros como comunidad? Ese es un cambio en un punto clave del paradigma.
  • Redefinir el concepto de progreso. Ya que prestamos atención a lo que medimos, es necesario redefinir los sistemas de mediciones que nos informan sobre el bienestar y el crecimiento económico. Leonard es una gran crítica del PIB como medida, pues, en primer lugar, no distingue entre las actividades económicas que mejoran la vida (por ejemplo, invertir en transporte público) y las que la empeoran (por ejemplo, extraer carbón indiscriminadamente para uso de fabricas en la China); en segundo lugar, ese tipo de mediciones económicas ignora las actividades que “endulzan la vida pero no involucran transacciones monetarias, como plantar una huerta o ayudar a un vecino. Necesitamos un nuevo sistema de medición que se adecúe al nuevo paradigma, midiendo todo aquello  que realmente promueve el bienestar: la salud de las personas y del medio ambiente, la felicidad, al amabilidad, la equidad, las relaciones sociales positivas, la educación, la energía limpia, el compromiso cívico”.
  • Valorar el tiempo por encima de todas las COSAS. Las pruebas están por todos lados: trabajar demasiado aumenta el estrés, el aislamiento social, el consumo excesivo, los problemas de salud e incluso el cambio climático. El camino para que la sociedad encuentre una pauta de consumo sostenible está en “traducir el crecimiento de la productividad en horarios más cortos  de trabajo en lugar de mayores ingresos”, dice Leonard citando a la economista Juliet Schor. El punto es lograr que la demanda del consumidor y el mercado laboral reduzcan la marcha al mismo tiempo, de manera que no se genere un colapso económico. A Su vez, la reducción de las horas laborales expandiría las oportunidades de trabajo. Más tiempo libre, de otro lado, implicaría una mayor calidad de las relaciones sociales (más tiempo con los amigos y la familia) y, por ende, un fortalecimiento de los lazos comunitarios.

Y claro, hay un sinfín de acciones en todos los niveles que apalancarían el nuevo paradigma: usar cada vez menos transporte particular o cada vez más transporte público o bicicleta; no comprar ningún producto hecho con PVC (como las típicas cortinas para ducha); tener una huerta cerca de casa y alimentarla con compost sacado de nuestros “desechos” orgánicos, no usar más bolsas plásticas (y ojalá tampoco botellas plásticas); no comprar COSAS que realmente no necesitamos, dedicar más tiempo al trabajo interior, etc. por no hablar de todas las acciones políticas y legislativas que deben tomarse cuanto antes.

Estamos, como sociedad y como civilización, ante un problema que no da más espera. La pregunta para Leonard, no es si debemos cambiar el paradigma actual. Eso está fuera de discusión. La pregunta es cómo debemos hacerlo de modo que sea un cambio lo menos traumático posible.

En el fondo, la invitación de Leonard es simple. Se trata de pararnos a pensar, por un momento, en todo lo que implica el que las COSAS –todas esas cosas que nos rodean por todos lados– existan: una gran cantidad de recursos naturales fueron utilizados en su producción; muchas personas, muchísimas personas, en algún lugar del mundo, dieron su energía en la manufactura y mucho, mucho petróleo fue gastado en su transporte.

El punto es reflexionar por un momento a qué sistema están alimentando todas esas COSAS que rodean nuestra vida. No es deshacernos de las COSAS o estar en contra de las COSAS. Es, por el contrario, valorarlas más. En el fondo, es una invitación a la consciencia. ¿Realmente necesitamos tantas COSAS?

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