Pensar despacio, pensar bonito

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Mamo kogui Jacinto

 

Rodrigo Restrepo Ángel
(Guru Dip Singh)
rodrestrepo@
gmail.com

Los indígenas de la Sierra Nevada de santa Marta no son nativos comunes. No son seres humanos comunes. Todo su estilo de vida se basa en el poder de la mente. Desconocen conceptos como ‘culpa’ o ‘castigo’. Durante muchos siglos, los pueblos Kogui, Arwaco, Uiwa y Kanwuamo han sabido construir una sociedad pacífica que convive en armonía con la naturaleza.

Los mamos, sus representantes y guías, son seres fascinantes, guardianes de la Madre Tierra y de los elementos. Hablan con la lluvia, leen el caparazón de los armadillos y cultivan pensamientos de amor en pequeñas bolitas de algodón.

Ellos son, según sus propias palabras, nuestros Hermanos Mayores. Desde hace unos pocos años han decidido salir de sus tierras para enseñarnos a nosotros, los hermanitos menores, de qué se trata esto de vivir de manera madura sobre el planeta Tierra. Dicen que ya estamos listos para escuchar.

Aquí, una entrevista con El mamo Kogi Jacinto, uno de los ancianos más respetados en la Sierra, y con Danilo, traductor y mensajero de los más respetados mamos de la Sierra.

Pregunta: ¿Quienes son ustedes, los mamos?

Mamo: Los mamos son armonizadores y guías, guías vivos. Si quisiéramos escribir un libro con todo lo que saben los mamos, no serviría de nada. Ellos son la representación material y física de alguien que tiene el juicio de aprender, de educarse y de orientar la sociedad. Son responsables porque son la autoridad, entendida la autoridad como la capacidad de guiar, de orientar siempre hacia algo positivo. Aquí hay una diferencia con el mundo occidental, en donde hay expertos, pero expertos que no tienen respaldo social ni cultural. Son expertos individuales. En nuestro caso, el mamo representa al todo y la sociedad es su responsabilidad.

P.: Ustedes no usan la palabra “castigo”…

M.: Así es.

P.: Y cuando alguien comete lo que para nosotros es un delito, ustedes no lo castigan, sino que entrenan su mente, le enseñan, le hacen más sabio, hasta el punto de que un asesino puede convertirse en un mamo. ¿Nos podrían contar sobre esto, por favor?

M.: Para nosotros toda educación parte la naturaleza. Desde pequeños, los padres se reúnen alrededor del fuego y hablan a los niños sobre los ejemplos que nos da la naturaleza. Los mamos se aíslan un poco precisamente para profundizar en esos conocimientos, para aprender de las aves, de los árboles, para aprender de todo. Todo gira en torno a esa interpretación del mundo. Por ejemplo, el armadillo tiene una concha que cubre su cuerpo: los mamos llaman a eso un libro. De ahí aprendes todo lo que quieras saber. Nuestro lenguaje no es escrito: leemos la naturaleza que está abierta en toda su dimensión para aprender.

P.: El mundo como una biblioteca…

M.: Exactamente, ese es el ejercicio permanente. No hay otra manera de aprender. La naturaleza está soportada en un sistema al que nosotros llamamos Sen: el orden original de las cosas, el establecimiento del primer momento de las cosas para que funcionen. Los árboles, los animales, las aves, cada especie cumple su función en el Sen.

P.: Y los hombres, ¿qué función tenemos?

M.: Tenemos el papel de gobernar el pensamiento para armonizar ese sistema. Pero eso no nos hace más que un árbol. Un árbol tiene su función y, en esa medida, nosotros somos iguales a un árbol y un árbol es igual a nosotros: ese es el respeto que hay que tener. Hay comprender de esa manera.

P.: Y a ustedes les tiene muy sorprendidos cómo nosotros los hermanitos pequeños nos consideramos el centro de la creación y tratamos de solucionar todo con base en ese sentimiento, ¿no?

M.: ¡Eso es inmadurez! O sea, centrar la atención en uno y olvidarse del mundo tan inmenso…

P.: Por eso nos llaman hermanitos pequeños, ¿verdad? Cuando uno tiene un niño le tiene que enseñar a no ser egoísta, a ser íntegro, debe mostrarle el mundo en su conjunto.

M.: Sí. La falta de entendimiento lo hace a uno cometer muchos errores. Pero, cuando se cometen errores, nosotros decimos: “el que comete un error compra conocimiento”. Es sujeto de aprendizaje y hay que enseñarle, no hay que negarle nada, o sea, no es un sujeto de castigo, sino un sujeto de aprendizaje. El que comete errores está apto para aprender.

P.: ¿Podemos poner un ejemplo, digamos, el ladrón?

M.: Si alguien robó, el mamo lo llama y le pregunta qué lo motivó a robar, qué quiso hacer, en qué momento entró en él el espíritu de tomar algo que no era suyo. El mamo investiga. Llama al padre y a la madre, les pregunta qué sucedió durante los nueve meses de gestación. Ellos deben recordar si había deseos de tomar algo, pues esos deseos se decodifican y afectan a la criatura. Y tal vez el mamo descubra que la persona que cometió el robo no es tan responsable, porque lleva la carga de sus padres. Quizás la madre o el padre comieron una fruta de la naturaleza, la robó a un pájaro, pues nosotros robamos a las aves. Ese acto de robar en algún momento se manifiesta en la sociedad, y la investigación encuentra que todo el mundo está involucrado: el padre, la madre y, desde luego, la víctima. ¿A quién le robaron? ¿Por qué le robaron? ¿Qué le robaron? Es una cuestión compleja en la que todo el mundo tiene una pequeña parte. Para sanear ese problema, hay que aterrizar poco a poco. El mamo es el que se sienta y llama a todo el mundo, uno por uno, y los empieza a sanear.

P.: Esa es la diferencia entre el castigador y el saneador.

M.: Claro. Y después, hay un sitio a donde el mamo debe ir, pues en últimas uno no es responsable totalmente. El origen del ladrón, del robo, es el espíritu de tomar lo ajeno, y ese espíritu también tiene su historia en la naturaleza…

P.: ¿Es un pensamiento?

M.: Ese espíritu tiene un pensamiento y hay que darle comida, un regalo, porque tiene hambre.

P.: ¿Al espíritu de robar se le da un regalo?

M.: No solo a él, ¡a todos! Al de la maldad, al de la avaricia, a todo hay que darle comida todo el tiempo. Decimos que le damos comida para entonces desprendernos de él. Y así le decimos: “déjame tranquilo”.

P.: No comas de mí…

M.: No me uses…

P.: ¿Entonces es un acto mágico que representa un acto mental?

M.: No. La magia no existe, lo que existe es un ejercicio real, una conducta. Lo que se hace es una limpieza, una estructuración de la mente. Así no estaré tan propenso a robar, estaré corrigiendo mi mente porque es la mente la que se tuerce. Uno hace lo que piensa, y lo que nosotros hacemos es ordenar el pensamiento para no cometer ese tipo de actos. Se trata de construir, organizar, estructurar, generar armonía, sincronizarse. Usted debe estar sincronizado con todo.

P.: Qué bueno. Hay pocos delitos entonces, pocos errores en su sociedad.

M.: Sí, porque nosotros no tenemos más oficio que este. No estamos pensando en el futuro o en cambiar el mundo. Nosotros simplemente hacemos lo que nos toca hacer, y eso es lo máximo.

P.: Y lo hacen en armonía…

M.: Esa es la responsabilidad más importante, no hay otra prioridad. Lo que da significado a la vida es el sentido de la responsabilidad y del mantenimiento del orden. Además de esto debe haber una conducta de aprender lo más que se pueda, aprender de la naturaleza y su orden, de las leyes de la naturaleza.

P.: ¿Llega un momento en la vida en que uno se para y dice: este es mi lugar y me hago responsable por esto?

M.: ¡Eso se busca también! Uno busca lo que es. Somos como los pajaritos. Para ellos la prioridad es su canto. El pájaro es lo que es, no se mezcla ni se cruza con otras aves, mantiene su plumaje y su canto. Eso es lo que tenemos que aprender: qué es lo que nos corresponde a nosotros los humanos en la naturaleza. El mundo occidental va inventando cosas sin tener en cuenta ese hilo conductor del orden natural, el sistema que hace que todo funcione. El occidental vive su vida afectando el todo, pues no tiene en cuenta el todo. Por eso debemos pensar despacio, pensar bonito. Pensar despacio es tener en cuenta cada aspecto de la vida. Eso es pensar con madurez. Pero la gente piensa con capricho. Ahí está el error. Hay que tener en cuenta todo, saber dónde estoy, quién soy, cómo me comporto, cómo entiendo el entorno, la naturaleza, porque las cosas no están muertas, tienen un lenguaje y se expresan y hablan. Y si usted entiende, ese será su universo.

P.: Nuevamente la mente es muy importante para ustedes.

M.: Es que la mente domina todo. En el fondo no está mal que haya tantos edificios, tantos carros, eso no es lo que está mal. Lo que está mal es la falta de comprensión de la responsabilidad de cada uno en el manejo del mundo. Todo esto no se produjo solo: lo originó una mente irresponsable. Y en la medida en que la mente no cambie, nada va a cambiar. Lo que necesitamos es que la gente cambie y que dimensione su importancia en el mundo.

P.: Y eso es lo que, desde hace unos años, ustedes quieren hacer: salir al mundo para contarle a sus hermanos menores sobre su irresponsabilidad.

M.: Sí, pero además contarles sobre el poder que tienen, el poder que tiene su mente, la capacidad que tienen para cambiar. El hermano menor tiene que dejar de ser menor, tiene que empezar a madurar. De lo contrario, va a acabar con el mundo. Los mismos mamos dijeron que había que enseñarle al hermano menor, porque el hermano menor ya quiere aprender, ya escucha. El hermano menor seguirá cometiendo errores. Por ejemplo, hay mucha gente que busca la espiritualidad, pero si su prioridad es su propio Dios, su propio mejoramiento, no estará asumiendo la responsabilidad grande, la del amor. Todavía estará débil, cambiando de religión, pero con las mismas ideas, cambiando sus prácticas pero con los mismos pensamientos. Cuando el hermano menor descubra que es más que eso, va a vivir feliz. Nosotros no somos tan pequeños, somos tan grandes como el universo.  Es esa sensación y esa comprensión del mundo lo que nos hace felices.

P.: Ustedes se dan cuenta de que nosotros no somos muy felices…

M.: Porque se enfrascan en sus propios problemas.

P.: ¿Y ustedes son dichosos, felices?

M.: Yo creo que sí, aunque más que dichosos somos tranquilos. Uno no puede decir que un pájaro está feliz o triste. Así somos nosotros: no estamos ni tristes ni alegres, simplemente tranquilos.

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