Por el camino de Santiago parte 2

Siri Gurudev

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Este es el carnet que te dan al comenzar el camino francés en Saint Jean, lo sellas en cada lugar que duermes y en algunas iglesias.

Han pasado nueve días desde que inicié el camino. Ahora todo parece mejor, luego de haber aprendido y transformado ciertas cosas.

La primera es que dejé seis kilos de peso de la maleta. Lo envié por correo directo a Santiago. Nunca hubiera podido seguir con ese peso. Lo otro es que compré unas zapatillas, como aquí le llaman (tennis), porque parte de mi problema, según comprendí, era que mis botas no eran respirables para verano, eran muy pesadas y muy pequeñas para mi pie hinchado.

Ahora, ya con más calma, puedo contarles que el Camino de Santiago, según la versión cristiana, se hace como una peregrinación hacia el sepulcro del apóstol Santiago, quien evangelizó por estas tierras. Se habla de un camino de transformación, de encuentro personal y autodescubrimiento. Durante todo el camino encontramos unas conchitas, unas vieiras que marcan el camino y que los caminantes llevan en sus mochilas. Dicen que son como manos extendidas, que entregan, pero no se sabe con certeza su simbología, que entre otras recuerda prosperidad y fertilidad como en la Venus. Dicen que simplemente es una vieira que se da mucho en esta zona y que se entregaba en la catedral de Santiago como premio por llegar.

Lo mismo sucede con el Camino como tal. No se sabe bien de su origen y significado. Algunos hablan de los griegos, otros de lo celtas. La versión pagana es muy hermosa, porque habla de un camino en honor a la muerte del sol, como un fin y comienzo. Y esto porque, como se sabe, en realidad el camino no termina en Santiago, sino 93 kilómetros más allá, en el fin del mundo, Finisterre, donde la civilización romana veía morir al sol en el mar.

Es muy curioso andar por aquí, pues como es verano, casi nadie está en sus casas, ni en las calles, como si recorriéramos pueblos fantasmas.

Supongo que la mayoría de los caminantes hacen relación entre el camino y la vida, tradición a la cual me sumaré. Porque estos ocho días he estado pensando acerca del ritmo con que se llevan las cosas. Primero anduve con dos italianas fantásticas, Antonella y Silvia, con una hablando inglés, con otra francés, pero entendiéndonos y cuidándonos. Yo aún estaba mal de mis pies, pero les seguí el ritmo. Entonces, uno se decide por un grupo y se acomoda a él. En mi caso de la vida, fue el grupo de los académicos. Me uní a ellos y les seguí el ritmo. En este mundo de masificación, cada grupo tiene unos destinos finales y unas metas. Hacer 30 kilómetros, ser Ph.D. Pero muchas veces ese ritmo y esas metas no son auténticas y honestas con uno mismo.

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Silvia y Antonella

Hace tiempo me distancié de esa idea de la academia. Y, bueno, hoy dejé a las chicas italianas. Pensé en mí, en mis limitaciones y fortalezas, y decidí conocerme mejor para estar con júbilo, a paso más lento, en compañía de mí mismo. Se siente bien.

Sin quitarle mérito a los paisajes increíbles de este camino, creo que en verdad se trata de un mapa de personas que nos recuerdan lo hermoso que es el otro y compartir con él. Sin sufrimiento, sin sentir aversión por sus sombras, y sin apego, sin absorberse en ellos hasta perder la autenticidad.

Para alguien como yo a quien le cuesta tanto la relación con los demás, este es un gran aprendizaje. Llevo conmigo ahora a Cheff, el coreano de 20 años salido del ejército que me salvó la vida el primer día al cargar mi maleta y cantarme canciones; a Robbie, el loco rumano que se curó de cáncer y ahora vive aquí su aventura; a Silvia y Antonella, a Manolo, que lleva caminando esta ruta cada año desde 1997 y me dio agua, ánimos y enseñanzas; a Cristina, la fisioterapeuta de Ávila con sus otros amigos como Juan, que me regaló su crema de caléndula y me hizo reír antes de marcharse en Logroño para su hogar.

Hoy camino con Montserrat, una mujer de Barcelona que mochilea por primera vez sola a los 50 años. Dulce y serena, maestra, budista, la hemos pasado genial.

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Montse y yo
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