Crónica de un yogui en apuros

Por: Siri Gurudev

tentado
Imagen: https://teandrico.wordpress.com/category/hesicasmo/

“Para qué sufrir, si no hace falta”, escucho en la canción de Natalia Lafourcade.

La mayoría de nosotros no quiere sufrir conscientemente, creo yo. Sin embargo, la vida me trae unas presencias y unas voces que me dicen que debo reconocer cómo todo lo que me está pasando es en el fondo un deseo mío y mi responsabilidad. ¿Es que no quieres ser feliz, verdad? Me dicen mientras yo recojo mi corazón y derramo lágrimas. Yo quiero ser feliz, me repito, realmente quiero ser feliz.

Salir de nuestra zona de confort es lo más pedagógico que nos puede pasar.

Porque, gracias a la práctica del yoga y a la intención pura de la paz vamos superando obstáculos, pero no es que tengamos todo sanado: finalmente, estamos vivos.

Siempre hay aristas que nos muestran esos puntos oscuros, esos lugares en los que todavía no podemos vernos a nosotros mismos en nuestra profunda divinidad y grandeza.

Cada vez que dejamos que el miedo venza en nuestra alma, se apaga una luz. Es la luz con la cual podemos vernos a nosotros mismos como realmente somos, grandes, maravillosos, dignos.

Entonces, yo salí de mi zona de confort sin darme cuenta, justamente porque me sentía tan bien y tan pleno, practicando yoga, enseñando yoga y asistiendo a festivales alrededor del mundo. Y ahí, casi sin notarlo, me encontré de frente con mis propias sombras que me llenaron de terror y pensamientos negativos.

Hasta ahora me doy cuenta de que, en el fondo, he interpretado al mundo como un lugar hostil donde debo salir a luchar sin ayuda teniendo prácticamente perdida la batalla. Ahora y solo ahora, veo cómo para mí la vida ha sido interpretada como una pelea llena de sufrimiento de la que valientemente he salido con algo de victoria solo porque nunca me he rendido.

Desde ese punto de vista, nunca he pensado que yo puedo tener una agencia sabia y potente sobre los demás para que las cosas se den. He pensado que los demás están incomunicados conmigo y, por azar, algunas veces me abren caminos que yo debo aprovechar como si fueran una estela boreal, pero que ni siquiera merezco.

No he confiado.

Por eso, robustecí mis chakras superiores para lograr habérmelas con el mundo a través de mis propios medios, a distancia, con el lenguaje, con el intelecto. El cuerpo era escasamente mi vasija o receptáculo de un inmenso cerebro.

Y a mis 29, sintiendo ya mi poder que años de práctica de kundalini y una formación de dos años de profesor me ha dado, pensé ingenuamente que estaba todo más o menos resuelto.

Así que salí al mundo a utilizar mi cuerpo en otras actividades y… no pude. Utilizar mi cuerpo me daba terror. Estar frente a las personas era lo más difícil (lo es todavía). Y comunicarme desde la sencillez de lo cotidiano toda una tortura. De repente, me sentí inútil, nimio, dispensable. Y, como siempre sucede, escenas de mi niñez se replicaron luego de tantos años y me persiguieron como los siempre vivos fantasmas.

Sin embargo, ahora estoy del lado del Guru. Él no me ha dejado.

Ahora sé que paso por esta situación para reconciliarme con mi grandeza, para dejar de traicionarme. Para, estando frente a una situación que me hace sentirme menos, observar esa percepción errada y brillar.

Tengo la sospecha de que el mundo no es como lo he pensado, que no es un campo de batalla de guerreros incomunicados.

Sospecho que puedo tener una agencia sabia y potente sobre los otros a través de mi intención y la proyección luminosa de mi aura. Una interacción donde nos podamos beneficiar todos.

Porque privar al mundo de mí es también un despropósito. Porque al ver a los otros como mis enemigos tampoco yo me permito compartir mi luz.

Es cierto, estamos aquí para ser un faro. Estamos aquí para encontrar la certeza de que estamos completos (no hay nada que puedan arrebatarnos) y, con esa noticia, ir corriendo y decírselo a otros.

Justo ahora cayó en mis manos el maravilloso libro de Barbara Brennan, Light Emerging. Allí, ella dice que realmente es en la relación con los otros en donde podemos experimentar más propiamente la iluminación, el sentido de comunión, el ir más allá de nuestro propio ser individual. Ella dice que el sabio que se retira al monte a meditar y contemplar el paisaje para encontrar allí la sabiduría se queda obsoleto. Es cuando el meditador sale de la montaña y tiene que aprender a estar con el otro que realmente puede encontrar una iluminación. Nunca antes lo había pensado así.  

Hoy eché las cartas del Kuan tratando de buscar respuestas.

Rectifiqué que las bendiciones no cesan.

El oráculo me dijo que en el invierno está la primavera. Que en la sombra está la materia de transformación donde se enciende la luz. Me dijo que mi legado es relevante para este mundo. Que lo que yo he vivido me ha hecho un individuo excepcional que merece ser escuchado (lo cual vale para todos nosotros). Me dijo que no debo tener miedo de pasar por dificultades, sino verlas como nuevos comienzos y nuevas fases de crecimiento. ¡Arriba! Me dijo y me recordó que los juicios que hago a los otros son reflejos de mí, me hablan. Me dijo que si observo con cuidado comportamientos egoístas o centrados en sí mismo en otros es porque necesito atenderme a mí. Es porque mi yo me está reclamando que no me ponga más (nunca más) por debajo de nadie. Nunca había pensado en mis juicios de esta forma.

El oráculo me dijo que hay algo aquí que debo aprender y cuando lo resuelva podré ver un estadio más de mi grandeza.

Usualmente escribimos cuando ya se ha resuelto todo y podemos, desde la superación, dar una mirada sabia y una repuesta.

No la tengo. No he salido de mi sombra.

Sin embargo, lanzo a todos los que pueda servirles este humilde destello.

Sat Nam.

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