El yoga de los sueños: primera entrega

Rodrigo Restrepo Ángel
Estudiante de Un curso de milagros
Instructor de Happyyoga Bogotá
Músico y periodista

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Imagen: http://www.sebascelis.com

Todos los fenómenos son no existentes, pero aparentan existir”. Esta es la premisa básica del yoga de los sueños. No perderla de vista es la práctica del yogui onírico. El yoga de los sueños no es un entrenamiento para tener sueños lúcidos. No es aprender a mirarse las manos durante el sueño y llevar un diario en la mesa de noche. Es una disciplina mucho más amplia que busca, sí, encontrar la lucidez en la vida onírica, pero ante todo despertar de ese otro sueño al que llamamos ‘realidad’ y que soñamos durante la vigilia. Su propósito último, como toda enseñanza budista, es alcanzar el pleno despertar de la consciencia.

Esta curiosa serie de prácticas fue legada por uno de esos grandes y misteriosos maestros que poco se conocen en occidente. Vivió en el siglo VIII y lo llamaban Padmasambhava, que significa ‘nacido del Loto’. Cuenta la leyenda –y recordemos que las leyendas son los sueños de la humanidad– que Padmasambhava no nació de vientre de mujer. Se manifestó directamente como un rayo de luz, proveniente de las esferas búdicas de la no-dualidad. Apareció como un niño de ocho años sobre una flor de loto, en el lago Dhanakosha de la antigua India, hoy Pakistán. Tras ser adoptado por un gran rey y recibir su iniciación de los dakinis, o espíritus de la naturaleza, fue llamado por el primer emperador del Tíbet. El soberano sufría porque su reino estaba preso de entidades malignas. A fin de liberarlo, Padmasambhava usó el principio tántrico de no eliminar las fuerzas negativas, sino de redirigirlas como combustible en el camino del despertar. Convirtió a los seres oscuros de la montaña en guardianes de luz, fundó el primer monasterio del país e inició a sus primeros monjes. Se trata nada menos que del padre del riquísimo linaje del budismo tibetano, cuya presencia transformó para siempre al sagrado país del Tíbet.

A Padmasambhava se le conoce como el segundo Buda, y él mismo se consideraba una emanación del Buda Amitābha, el representante de la suprema mente de todos los Budas. Fue maestro del Budismo tántrico o esotérico, también conocido como Vajrayana. A lo largo de su vida tuvo cinco consortes, quienes también eran sus discípulas, y en sus prácticas con ellas aprendió el poder de trascender el ciclo de la vida y la muerte, alcanzó la Gran Iluminación y adquirió el mahamudra de la Divinidad. Es sabido que escondió muchos tesoros espirituales, que en el linaje tibetano se conocen como termas. Los termas son algo así como mensajes dentro de cápsulas para los tiempos futuros. Pues bien, Padmasambhava depositó estos termas en lagos, cuevas, bosques e incluso en roca sólida, a fin de que fueran desenterrados siglos después por los tertöns, practicantes muy avanzados o rencarnaciones de sus primeros discípulos. Uno de los más importantes termas dejados por Padmasambhava es el Bardo Thodol, que conocemos como el Libro tibetano de los muertos. Su otra gran enseñanza, menos famosa y en donde se encuentran las instrucciones del yoga de los sueños, se llama Liberación natural. Se trata de una completa instrucción sobre el camino del despertar a través de tantras o ejercicios para meditar. Fue descubierta por el moje Karma Lingpa tras seis siglos de permanecer escondida dentro de una roca.

Una de las características del Budismo Vajrayana es que la enseñanza debe ser transmitida únicamente de maestro a discípulo. Aquí, sin embrago, pedimos permiso a Padmasambhava para quebrar esta regla. Confiamos en que las mentes de nuestro tiempo están más abiertas y preparadas para asimilar este tipo de enseñanzas sin la necesidad absoluta de un maestro externo. Sabemos que estamos en tiempos de iniciaciones internas. Creemos que quien vibre con estas instrucciones sabrá entrenarse en ellas para el bien de todos los seres.

El error

Son varias las prácticas –diurnas y nocturnas– del yogui de los sueños. Antes de empezar, sin embargo, Padmasambhava advierte seriamente que su instrucción está dirigida a estudiantes maduros. Es decir, a los seres que reconocen profundamente que en este mundo existe el sufrimiento, y que se dan cuenta de que esta vida es una oportunidad de oro para despertar y escapar de la rueda del samsara. No por su propio beneficio, sino por el de todos los seres. Un estudiante maduro es quien ya tiene una práctica sostenida y cotidiana, una mente estable, entrenada, sutil y servicial, una mente que no se deja llevar por la exaltación o por la depresión, una mente que no pierde de vista su propósito real y sincero. Quedamos, pues, advertidos.

Su instrucción empieza con la provocativa afirmación: “Todos los fenómenos son no existentes, pero aparentan existir y se establecen como cosas… Aquello que es impermanente es captado como permanente, y aquello que no es verdaderamente existente es captado como verdaderamente existente… [Todos los fenómenos] originariamente surgieron de la insubstancialidad, ahora aparecen aunque son no existentes y al final volverán a ser nada. Considera que, como estas cosas sin permanencia, estabilidad o inmutabilidad no tienen una naturaleza inherente, son como ilusiones”.

Queda dicho: el mundo no es más que una ilusión, un reflejo en el espejo, un fantasmagórico holograma. Ya lo decían las escrituras hinduistas cuando postulaban que el mundo es Maya: el espejismo de la dualidad proyectado por nosotros mismos. Más recientemente el misticismo cuántico, a pesar de todas sus críticas y problemas, nos ha dicho –y por alguna razón lo hemos creído verdadero– que es el observador quien ‘colapsa’ o ‘crea’ el mundo que observa. Los budistas, siempre sobrios, llevan siglos explicando que los objetos del mundo no tienen una realidad en sí mismos. Padmashambava se inscribe en esta tradición. Cuando dice que todos los fenómenos son no existentes, no está queriendo decir que no existan en absoluto. Padmashambava no es un nihilista. Quiere decir que los fenómenos –todo el universo de objetos físicos y mentales que aparecen ante nuestra consciencia– no tienen una existencia independiente o separada, como tampoco son permanentes, estables o inmutables. Ni existen por su propia naturaleza ni son eternos. Son, como bien nos lo recuerda Thich Nhat Hahn, interdependientes. O mejor: ‘inter-son’. Su aparente y efímera existencia depende de una infinita multitud de factores, y por lo tanto no pueden tener una realidad por sí mismos.

Nuestro error, del cual Padmasambhava quiere hacernos conscientes, es creer que los objetos tienen una realidad separada y permanente. Y es un error al que estamos muy habituados. Continuamente captamos lo impermanente como permanente, lo que no existe verdaderamente como siendo existente. Este error es reforzado por nuestro lenguaje, que le otorga nombres propios a cada cosa, pero sobre todo por nuestro pensamiento, que nos hace creer que tales nombres designan, en efecto, objetos existentes en sí mismos. La causa del error se encuentra en dicha creencia, que no es más que un hábito mental.

‘Esto es un sueño’

Cuando nos tomamos el tiempo y observamos profundamente este mundo, no tardamos en darnos cuenta de que todos sus fenómenos son absolutamente interdependientes. Una mesa, por ejemplo, depende no solo de la madera del árbol, que a su vez depende de la luz del sol, del agua y de los nutrientes minerales del suelo. La mesa no existiría sin un carpintero, sin sus herramientas, sin los alimentos que toma cada día con su familia, sin la idea que tuvo antes de hacerla. La mesa es totalmente dependiente de una compleja serie de factores. Pero además la mesa, con el tiempo, se gastará, quizás se deshará podrida por la humedad, o se romperá y su madera será usada como leña para el fuego. La mesa, tarde o temprano, dejará de existir como mesa. En el fondo, su ‘ser-mesa’ es sólo un diminuto lapso en la historia de las cosas. Si vamos un poco más al fondo y pensamos la mesa como una serie de fibras celulosas y substancias químicas que pueden ser, a su vez, analizadas como átomos y partículas subatómicas, de nuevo nos topamos con una ilusoria existencia. Pues dichas partículas subatómicas, como sabemos por la cuántica, sólo tienen una existencia probable, y su aparente ‘existencia’ o colapso como partículas depende siempre de un observador. La mesa, en el fondo, no existe. Su apariencia depende tan sólo de nuestros hábitos de verla y pensarla como mesa. Exactamente como en un sueño.

¿Y de qué nos sirve saber que la mesa carece de una existencia separada y permanente? ¿Acaso dejará de servirnos como mesa?, preguntará un pragmático sensato, con toda razón. El hecho de que tomemos consciencia de que la mesa es una apariencia no nos impele a dejar de llamarla mesa, y mucho menos a dejar de usarla para comer o para escribir. Pero ahora nuestra visión de la mesa está teñida de un nuevo color, nuestra lente tiene un foco más amplio, nuestra mente un fondo más profundo. Podemos funcionar perfectamente en los dos registros: usar la mesa como mesa, siendo a la vez plenamente conscientes de que se trata de un objeto impermanente, interdependiente y, en el fondo, ilusorio.

Pero el asunto no acaba aquí. Podemos transferir el ejemplo de la mesa a cualquier fenómeno del mundo físico… O del mundo interno, pues en realidad no hay diferencia. ¿Dónde está, por ejemplo, el ‘yo’? Asumimos que existe, y ‘yo’ es quizá la palabra que más utilizamos en nuestra vida cotidiana. Pero si observamos con el debido cuidado, de nuevo nos encontramos con que no existe un ‘yo’ separado y existente por sí mismo. A lo sumo el ‘yo’ será una colección de creencias, hábitos y emociones, una serie de sensaciones, gustos y miedos heredados de nuestra educación, nuestra familia y nuestra cultura. ¿Dónde está el ‘yo’? ¿En el cerebro? Ningún cirujano lo ha encontrado hasta ahora. ¿En la mente? Pero, ¿y qué es la mente? ‘Yo’ es una simple palabra, una etiqueta para designar una quimera. Como la mesa, podemos hacer buen uso de él, pero más vale que no confundamos su fantasmagórica existencia con una existencia real.

De momento –dejando a un lado el problema del yo– Padmasambhava tan solo quiere que seamos capaces de llegar a la consciencia de la impermanencia e interdependencia de todos los fenómenos. Por eso su primera práctica, que es la práctica esencial del yoga de los sueños, dice:

En este momento, imagina poderosamente que tu entorno, tu ciudad, casa, compañías, tu conversación y todas tus actividades son un sueño; en incluso dilo en voz alta: ‘Esto es un sueño’. Continuamente imagina que esto es sólo un sueño”.

Queda, pues, la primera lección para el aspirante a yogui onírico: imaginar poderosamente, continuamente, que se encuentra en un sueño. Se trata de usar realmente el poder de nuestra intuición imaginativa, de realizar este pensamiento con plena consciencia, al punto de decirlo en voz alta: ‘esto es un sueño’. Se trata de sentir completamente lo que esta afirmación implica. Es como dar un paso atrás, una y otra vez, en nuestra perspectiva; como si pudiéramos observar la vida a través de una cámara ubicada detrás de nuestra cabeza. Se trata de ser el testigo del sueño, no el protagonista de la película. Y se trata, desde luego, de sostener esta percepción en nuestra consciencia, una y otra vez. Puede que no resulte fácil. Puede que sí. Se trata, a fin de cuentas, de un entrenamiento o, si se quiere, de una iniciación. Ya estábamos advertidos. Pues manteniendo esta idea en nuestra mente se desmoronarán, poco a poco, las apariencias de este mundo de dualidad, de este fantasmagórico espejismo, de esta ilusión, y abrirán paso silencioso a la verdadera naturaleza de la realidad.

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