El yoga de los sueños (segunda entrega)

Autor: Rodrigo Restrepo Ángel

El ego-cuerpo

Si el ‘yo’ existiera en algún lugar sería en el cuerpo. En efecto, cuando decimos ‘yo’ generalmente lo hacemos en relación a este agregado de células, órganos y sistemas. Señalamos al pecho cada vez que queremos enfatizar nuestra ‘yoidad’, tal y como señalamos o imaginamos el cuerpo de otro para acentuar la suya. Decimos ‘mi cuerpo’ con una certeza que nunca ponemos en duda, aunque no distinguimos muy bien si es el cuerpo el que pertenece al ‘yo’, o si es el ‘yo’ el que pertenece al cuerpo.

Esta relación entre el ‘yo’ y el cuerpo la hemos decidido de manera inconsciente. Quizás, en algún vericueto de nuestra intrincada mente, creemos que si ligamos la idea del ‘yo’ a una realidad más ‘dura’, ese ‘yo’ adquirirá una existencia sólida. Pero, como vimos, tanto los fenómenos externos –el cuerpo–, como los internos –el ‘yo’– son por igual carentes de existencia independiente. Nuestra tendencia a darle más realidad a uno de ellos no salva nuestro error fundamental. El ‘yo’ es tan ilusorio como el cuerpo, por más que queramos ocultar la inexistencia de ambos entremezclándolos y confundiéndolos. ¿Y por qué querríamos ocultar su inexistencia? Porque esa ilusión, a la que llamaremos el ego-cuerpo, es el héroe del sueño, el protagonista de la película. El ‘sueño’, o el error, no se sostendría tan fácilmente sin un protagonista alrededor del cual girara toda la novela. Cuando logramos ver su existencia relativa y pasajera, la ilusión del sueño se desmorona para dar paso a la Realidad.

Habrá quien diga que el ‘yo’ es un fenómeno más profundo, una especie de núcleo magnético alrededor del cual giran todas las experiencias, y que pecamos de superficiales al confundirlo con una simple colección de creencias, hábitos, emociones, etc. El ‘yo’, podría argumentarse, es el centro de gravedad de todas esas experiencias, el eje que las aglutina y les da sentido. Vendría a ser una función de la psique sin la cual nos encontraríamos ‘disueltos’ y fragmentados en una multitud de percepciones.

Esa, sin embargo, es una visión demasiado occidental del ‘yo’. En ella, se lo eleva a un rol central. Como sabemos, para el paradigma occidental la idea del individuo es importantísima, es la piedra de toque de todo su sistema de creencias. En las filosofías orientales es diferente. Para oriente el individuo solo tiene una importancia secundaria, pues existe un orden de Realidad que lo antecede y lo supera. De nuevo, toda idea de un ser separado del resto, con una existencia independiente, resulta impensable para una filosofía como la budista. Esa idea, como vimos, es el error del que Padmasambhava nos advierte.

Sin embargo, podemos incluso echar mano de la creencia occidental –de ese ‘mito del yo’– para llegar una comprensión más profunda del asunto. Si es que creemos en la existencia de ese supuesto núcleo profundo, podemos buscar una experiencia directa de él. No una hipótesis teórica, como lo hace la psicología occidental, sino una vivencia clara e inmediata, como lo propone la psicología budista. Podemos intentar atravesar toda la trama de nuestros pensamientos, toda la masa de nuestros sentimientos y toda la red de nuestras percepciones sensoriales, y dirigirnos en un esfuerzo preciso, constante e interno de la voluntad, a ese punto alrededor del cual todo gira. Si lo logramos, ¡eureka!: estaremos meditando. Pero lo que encontraremos no será el hipotético ‘yo’. En su lugar, entraremos en un estado que nos conduce justamente a la trascendencia del ‘yo’. Es ese estado que se abre la puerta a otra dimensión de la realidad: la dimensión de la Consciencia, o la mente del Buda.

Las prácticas del cuerpo ilusorio

Antes de darnos las instrucciones específicas para el momento del sueño, Padmasambhava quiere que trascendamos, o al menos que reubiquemos en su justo lugar, la ilusión del ego-cuerpo y su fuerte tendencia a presentarse como una realidad autoexistente. Por eso nos propone las ‘prácticas del cuerpo ilusorio’, que son el segundo momento el yoga de los sueños.

En primer lugar, una vez hayamos adornado y embellecido nuestro cuerpo, nos invita a pararnos frente al espejo y mirar nuestro reflejo: “elógialo durante un rato, y observa si hay un estado mental de placer o displacer. Si lo hay, piensa para ti mismo: ‘cada vez que surge placer debido a los elogios de este cuerpo, que es como un reflejo en el espejo, estás confundido. Este cuerpo es simplemente una apariencia, resultado de la agregación de causas y condiciones dependientemente relacionadas, pero en realidad nunca ha existido. ¿Por qué te aferras a él como tú mismo y sientes placer en ello?’ Medita por largo tiempo en el cuerpo reflejado en el espejo”.

Y continúa: “Entonces di cosas abusivas y señala muchas fallas, y observa si hay displacer. Si es así, considera: ‘Todo elogio y abuso es como una predisposición latente1, y puesto que el cuerpo no tiene esencia, las actitudes de placer y displacer son confusión. Medita claramente en el reflejo del espejo como tu objeto mental. Alterna entre el elogio y el abuso, y ecualiza ambos”.

¿Alguna vez nos hemos quedado mirándonos al espejo durante largo rato, hasta que surge la pregunta, o la sensación, o la rara percepción de que este cuerpo es algo realmente extraño? Pues bien, las prácticas del cuerpo ilusorio quieren llevarnos directamente a este punto de extrañamiento. Usualmente lo sentimos cuando escuchamos una grabación de nuestra voz, o cuando vemos una fotografía en la que aparecemos de perfil. Sin embargo, hacer el ejercicio frente a un espejo, en tiempo real y mirándonos de frente y concentradamente, tiene un efecto muy potente. El cuerpo puede perder de súbito su importancia y su peso, y en un instante puede cortarse en nuestra consciencia el lazo que lo une con nuestra sensación del ‘yo’. Desidentificarnos del cuerpo hace surgir un punto de vista, una fuerza interna, que completa y ahonda aquel estado que surge de recordar constantemente que ‘esto es un sueño’.

Quizás la mente se distraiga. Seguramente lo hará. Lo importante, sin embargo, es volver al ejercicio, de manera dulce y amable, e intentar llegar hasta el final de la práctica: si sentimos placer ante nuestros propios elogios, o displacer ante nuestros los insultos, es porque estamos confundidos.

No se trata de no sentir placer. Se trata de que podamos comprender que ese placer o displacer son confusión, pues hacen parte del error de creer que los fenómenos existen. De hecho, ni siquiera es necesario comprender, sino simplemente poner en práctica, darle a este pensamiento un espacio en nuestra mente y en nuestra vida, como una hipótesis de trabajo que vale la pena poner a prueba. Si todos los fenómenos son no existentes, entonces no hay una causa real para sentir placer o displacer ante los elogios o los insultos dirigidos hacia mí. Porque ese ‘mí’ es un fenómeno más, tan ilusorio como la mesa, el carro, la billetera, la familia o el cuerpo. Todos son partes del mismo sueño. Se trata de que, más temprano o más tarde, podamos experimentar que el cuerpo no es muy diferente de un reflejo en el espejo. Si logramos hacer el ejercicio a plena consciencia, surgirá espontáneamente la sospecha –o la certeza– de que no somos el cuerpo. Ese es el extrañamiento. Entonces tendremos otra puerta de entrada a la dimensión de la Consciencia.

 

El ejercicio del espejo se complementa con algunas prácticas más, que equivaldrían a un segundo momento de las instrucciones del cuerpo ilusorio. Una vez hayamos tenido la experiencia con nuestro reflejo, Padmasambhava nos invita a dirigirnos a un lugar en donde se generen ecos –una montaña o una gran pared– y gritar cosas buenas y malas dirigidas a nosotros mismos (supongo que en nuestro tiempo funcionará grabar nuestras voces en algún aparato para luego escucharla). La idea es que lleguemos al punto en que ni los elogios ni los insultos nos perturben. También nos invita a imaginar que nuestros pensamientos son como espejismos, en el sentido de que no es posible encontrarlos cuando nos acercamos a ellos. “Observa una imagen… De la misma manera en que esta no puede ser encontrada cuando vamos en su búsqueda, el ensamblaje de los pensamientos que mueven la mente tampoco tienen una naturaleza inherente”, indica Padmasambhava. Los pensamientos, como bien enseña el linaje budista, no son más reales que nubes pasajeras sobre un cielo eterno. El cielo es la naturaleza real de la mente, o la dimensión de la Consciencia; las nubes, meros obstáculos para su contemplación pura. Por lo general vivimos distraídos mirando las nubes. Pero cuando nos acercamos a ellas con una mente clara y precisa, notamos que se desvanecen para abrir paso al cielo inmutable.

Del reflejo al cuerpo

Más adelante, cuando ya hayamos adquirido una cierta experiencia con estos ejercicios podemos, un día, “imaginar que el reflejo en el espejo se disuelve en nuestro propio cuerpo, y meditar en nuestro cuerpo como una apariencia sin naturaleza inherente.” Ya no nos hará falta el espejo –aunque sin duda volver a él de vez en cuando será un buen recordatorio–. Ya habremos integrado la sensación de que el cuerpo, en efecto, es como un reflejo, como un eco, como un espejismo. Nada más ni nada menos que una proyección. Ya podemos meditar, en silencio, en nuestro cuerpo como una simple apariencia, y sentir su levedad. Este es el tercer momento de la práctica del cuerpo ilusorio.

En este punto, sugiere Padmasambhava, podemos dirigirnos pensamientos elogiosos, así como imaginarnos siendo robados, golpeados y abusados. Si surgen en nuestra mente estados de placer o displacer, “ecualízalos en la ausencia de verdadera existencia. Medita en esto como si de ninguna manera fuera diferente a un reflejo en el espejo. Cuando seas de hecho elogiado o abusado, ecualiza esto como si fuera el reflejo en un espejo. Si surge apego u odio, entrena en los anteriores objetos de meditación por un largo rato”.

Pasamos, con calma y con tiempo, del espejo a la imaginación, y de la imaginación a la experiencia. Nadie duda de que podamos ir directamente a la experiencia, pero vale la pena entrenar y sacar músculo. Todo el punto es que consigamos, en cualquiera de los tres momentos, ecualizar o neutralizar, o simplemente reconocer como fenómenos sin fundamento, los estados de placer y displacer. De nuevo: no se trata de no sentirlos, sino de reubicar dichos estados en un nuevo lugar de nuestra mente y nuestra experiencia, hasta que seamos capaces de verlos o sentirlos como ilusorios. Y lo que importa no es que lo consigamos en un determinado lapso, sino que tendamos a ello con claridad y con plena consciencia.

Aquí vale la pena aclarar un punto: tenemos miedo de no volver a sentir placer, y solemos resistir a las teorías y los dogmas que critican esa querida capacidad de gozo de nuestros cuerpos. Es una preocupación válida, entre otras porque nos han repetido demasiadas veces, sin una razón de peso, que ‘el placer es malo’. Sin embargo, nadie está diciendo aquí que nos volveremos incapaces de sentir placer o que nos quedaremos sin nuestro deseo de vivir. No es el fin de estas prácticas el que perdamos un natural gusto por la vida. Lo que lograremos, si es que estas instrucciones vibran con nuestro camino interior, será reconocer el placer como lo que realmente es. No lo perderemos, como no perderemos el cuerpo: al fin y al cabo hacen parte del sueño. Pero al tener presente que se trata de un fenómeno pasajero, no nos apegaremos a él, de la misma manera en que no nos perderemos en el odio ciego, o en la tristeza, o en el dolor. No dejaremos de disfrutar del chocolate, pues el placer está en el cuerpo. Lo comeremos, saboreándolo, y las mismas endorfinas se dispararán en nuestro sistema glandular, y las mismas señales eléctricas que el cerebro interpreta como gusto viajarán con igual eficacia por nuestro sistema nervioso. La diferencia es que ya no ligaremos esa sensación efímera con la felicidad. La sentiremos y disfrutaremos, e incluso aprenderemos de ella, pero ya no estaremos confundidos. De hecho, al comprender profundamente que todos los fenómenos son pasajeros, como sueños, podremos vivirlos con una nueva intensidad, e incluso con más claridad y plenitud que antes, pues ya no nos perseguirá el miedo a perderlos. Al fin y al cabo pasarán.

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1 Las predisposiciones inconscientes hacen parte de lo que el budismo llama la ‘mente substrato’: la colección de todas nuestras impresiones, memorias, modos habituales de percepción y predisposiciones. Para la psicología occidental esta ‘mente substrato’ podría llamarse simplemente el subconsciente, un nivel de la psique en el que almacenamos nuestras formas habituales de percibir y reaccionar al mundo circundante. Aquí Padmasambhava está señalando que todas nuestras tendencias al elogio o al insulto no son más que predisposiciones inconscientes, seguramente aprendidas de nuestro entorno y nuestra cultura.

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