Serie el retorno de la diosa. Primer capítulo: Introducción

¡Este es el mes de la virgen, el mes de mayo, y por eso, Yoga para todos comienza sus podcast con la serie de El retorno de la diosa!
Hoy, el primer capítulo, Introducción, en voz de Rodrigo Restrepo Ángel.

Audio: http://yogaparatodos.podomatic.com/entry/2016-05-12T07_09_01-07_00

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El Morro de cristal, la estrella de la mañana, el abrazo

Era un día especialmente caluroso para agosto en Brasil. Varios autobuses y algunas decenas de automóviles aparcaron al pie del Morro de cristal hacia el mediodía, en una carretera destapada y seca del estado de Minas Gerais. Éramos quizás unas seiscientas personas. Estábamos en la zona rural de Minas, una tierra apacible en donde se cultiva café y banano y se extraen piedras semipreciosas. Ese mediodía de agosto de 2011, y los días siguientes, la Virgen se apareció ante nosotros en lo alto del Morro, una colina árida poblada de arbustos silvestres.

Las apariciones siguieron el modelo común: la Virgen se presentó y ‘habló’ a un vidente, quien transmitió luego el mensaje al grupo. Todo se desarrolló en un ambiente tranquilo, en el que se repetían una y otra vez oraciones a la Madre. La gente iba vestida de blanco, y todo estaba bañado en una euforia callada. Sé que no puedo ser ‘objetivo’ en relación a mi experiencia de la aparición, pero sé también -y lo sé por una certeza interna- que el fenómeno, al menos el que yo experimenté, era verdadero. Aunque el fenómeno de las apariciones marianas no sea, ni pueda ser, un ‘hecho’ objetivo, literal o científicamente demostrable, es real porque es psíquicamente real. Es un acontecimiento arquetípico, numinoso o mitológico, que trasciende con mucho la limitada perspectiva materialista dominante en nuestra cultura, y que nos impulsa hacia una nueva perspectiva de nosotros mismos y del cosmos. Pues a lo que asistimos es al re-encuentro de la humanidad con la Diosa Madre de los mil nombres.

Nunca estuve en Lourdes o en Fátima. Nunca en mi vida me acerqué a la Virgen. Sin embargo, cuando llegué al Morro de cristal comprendí con la primera inhalación el aroma la devoción mariana. Allí estaba Ella, sin duda alguna, en algún pliegue sutil de este universo misterioso, allí, en algún lugar de la conciencia, afuera o adentro, pero allí. Hasta ese día mi relación con la Madre había sido distante y abstracta. La veía como un personaje más bien acartonado y en mi mente su figura se asociaba demasiado con la palabra pecado y con una actitud puritana y moralista. Desde luego, no tenía la menor idea de las dimensiones del fenómeno mariofánico, ni de sus implicaciones tan amplias como profundas para la humanidad contemporánea, que trascienden con mucho el ámbito católico y las interpretaciones puritanas. Ese mediodía de agosto, en el Morro de cristal, con el picante sol invernal de Minas encima, poco a poco emergía una extraña y olvidada sensación interna, las ropas blancas, el rezo colectivo, el corazón tocado de un sereno dolor dulce, como llenándose de alguna sustancia eléctrica, que a su vez era un impulso y una fe.

El grupo rezó durante un largo rato, pero yo no. Entonces Fray Elías, el vidente, descendió de la cima seguido por algunos monjes. Se paró frente a un arbusto perfectamente ordinario. La luz intensa se multiplicaba sobre la ropa blanca. Silencio. “Nuestra señora está con nosotros, sobre este arbusto. Nos mira y nos bendice”, dijo el Fray. Desde luego yo no la veía, como tampoco podía hacerlo nadie excepto el Fray. La escena, corta e intensa, me perturbó. No logro recordar qué más pasó ese día.

*

Hacia las seis de la tarde del día siguiente regresamos al Morro. Éramos quizás unas mil personas, y cada una llevaba una vela. La vista era sobrecogedora: una hilera de humanos en absoluto silencio, peregrinando muy lentamente hacia la cima de una colina, vestidos de blanco, cada uno con una vela en la mano. Al fondo, en medio el crepúsculo, el horizonte se abría en todas las direcciones. De nuevo rezamos, todos de pie, durante un largo rato. El cansancio pesaba en las rodillas. Una vez más la atmósfera se cargó de una intensa devoción colectiva, y la sutil electricidad abría caminos, lentamente, en el centro del pecho. Esperamos un poco más, y entonces Fray Elías anunció, frente al mismo arbusto: “Ha llegado Nuestra Señora”. Describió una imagen altamente simbólica: ángeles, estrellas, nubes que se abrían, rayos de colores… La Señora pidió a los niños que se acercaran y habló del perdón y la oración y del amor infinito hacia sus hijos. Más adelante comprendería que ese es siempre, en esencia, su mensaje: un llamado simple y claro de apertura espiritual. Nada más, nada menos.

De repente el cansancio había desaparecido, seguramente por la sugestión colectiva. Mi concentración era intensa y había una fuerza que me empujaba hacia algún centro inmaterial y desconocido. Hasta ese momento, pocas veces había experimentado ese extraño y contra intuitivo estado interior al que la mente racional tanto teme: la fe. Me invadió una fe que provenía de una fuente muy profunda en mi psique. Casi podría decir que no era mi propia fe. Quizás había estado ahí, al fondo, durante mucho tiempo y no había tenido tiempo de manifestarse. Quizá nació ese mismo día. La Señora dijo entonces las únicas palabras que logro recordar: “Todos ustedes han sido tocados por mi Gracia. Cada uno lo sabe, en el fondo del corazón”. Sentí de nuevo el dolor dulce y agudo en el centro del pecho, y no pude contener un llanto en espasmos silenciosos.

Aunque mi centro de comando suela ser la cabeza, no soy una persona excesivamente mental o racional. Tampoco soy católico o budista o ateo; me considero cristiano en un sentido bastante amplio, y un poco pagano. La verdad es que siempre me ha atraído lo que se encuentra más allá de los cinco sentidos, pero nunca he tenido grandes experiencias psíquicas o clarividentes. Creo haber afinado, hasta cierto punto, una moderada intuición, que despierta en circunstancias similares a la narrada. Me gusta mantener, no obstante, una vigilancia ante mis propias elaboraciones y proyecciones, un sano escepticismo ante lo extravagante y lo claramente ilusorio, herencia quizá de años de academia. Como dicen: la superstición trae mala suerte. Con todo, considero limitada y poco imaginativa la perspectiva del sentido común –o del cientificismo puro y duro– de que nada hay más allá de lo que nuestros sentidos informan. Creo que el universo y la conciencia –acaso sean lo mismo– son campos infinitamente vastos y complejos, en donde con certeza habitan seres cuyas propiedades y dimensiones no alcanzamos a vislumbrar.

No sé cuál sea el aspecto real de la Diosa Madre, pero estoy seguro de que está ‘allí’, o ‘aquí’. Los budistas llaman Avalokiteshvara a una presencia asombrosamente similar a la Virgen católica. Los chinos se dirigen a Ella como Guan Yin, “la que escucha el llanto del mundo”. Los hinduístas la conocen con mil y ocho nombres: Kali, Durga, Shakti, Devi… Los gnósticos la veían como Sophia, el aspecto infinitamente creativo de la Mente Divina, que mantiene el contacto entre Dios y los seres humanos. Dudo que exista una ‘persona’ que encarne a la Virgen María, pero una certeza interna y una investigación serena y abierta me indican que Ella existe, como alguna fuerza cósmica, como alguna entidad que acompaña, desde el principio, a la especie humana. Y que hoy retorna con nuevos ropajes.

*Rodrigo Restrepo Ángel: Músico, filósofo y periodista, Instructor de Happy Yoga Bogotá y estudiante de Un curso de milagros: rodrestrepo@gmail.com

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