Que todos sepan: experimenté un milagro

Siri Gurdev

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Hace unos meses hice una regresión y vi a un pájaro azul como mi recuerdo de poder y mi capacidad de cambio. Creo que los procesos van dando su resultado. Imagen tomada de https://encontramesipodes.wordpress.com/

El 5 de agosto experimenté un milagro. Quise llegar a contárselo a todos, pero luego me di cuenta de que, si bien es todo un hito lograr cambiar un patrón de comportamiento negativo en nosotros, más difícil aún es lograr mantenerse en el amor, seguir eligiendo cada día estar del otro lado.

Buena noticia: ¡ya estoy del otro lado, ya no hay lado, solo hay amor, es hora de contárselo a todos!

El curso de milagros explicado por Isabel Solana dice que el milagro es cuando una rencilla pasada se convierte en un amor presente. A veces, nos parece imposible ver al hermano que nos ha lastimado de forma diferente, parece imposible perdonarlo, dejar pasar todo el dolor que nos ha impartido. Tememos que el perdón implique debilidad, que perdonar sea dejarnos pasar por encima o incluso pensamos que al perdonar y dejar la necesidad profunda de venganza, soltaremos al otro que nos ha lastimado y seguirá su camino sin nuestro castigo, como si nada, como si nada hubiera hecho.

Desde mi experiencia, no hay forma de hacer esto, de lograr lo imposible, “el milagro”, sin ayuda. Nuestra mente, nuestro corazón (nuestro ego), a ellos no les queda tan sencillo dejar pasar, ver a un adulto como inocente (ese es el milagro) cuando me ha herido, me ha engañado, me ha mentido.

Pero tengo más buenas noticas: ¡el milagro existe, yo lo viví! Quiero que lo sepan y aquí les cuento mi testimonio.

Me enamoré de un hombre. Creo que ese hombre se enamoró de mí también, eso creo. Pero ese hombre y yo no podemos estar juntos, no es lo correcto, y aunque tardé algo de tiempo en aceptarlo, así es. El hombre y yo duramos un tiempo esquivando la realidad que se sabía. Salimos y nos amamos contenidamente con oscuros secretos en el corazón de cada quien que no fueron dichos (ni se dirán). Mi rechazo hacia él lo lastimaba, como a mí me lastimaba que no me eligiera a mí. La atracción entre nosotros era del otro mundo, era mi sol tocado por su Plutón, era mi Plutón tocando su luna, era un encuentro kármico. El magnetismo se manifestaba en una ansiedad terrible, una intensidad de presencias, un sentimiento de pertenencia voraz. Por las razones que fueren, ese hombre me mintió. Y cuando expresé mi dolor, él no pudo asumirlo, culpó a otros y luego se culpó a sí mismo, así como cuando uno se pierde en su culpabilidad sin tomar responsabilidades más allá de la autoflagelación emocional. Él se fue y yo, sin querer quererlo, le desee mala suerte algunas veces al día y le pregunté al mundo ¿por qué yo? (como una víctima). Eso es lo que sabía hacer, así lo he hecho por 30 años: sufrir, con el sufrimiento como escudo, hacer sufrir al otro que me ha herido cuando trata de acercarme y se encuentra con una piedra, con una daga. Eso es lo que sabía hacer, irme, alejarme, cortar y nunca más volver.

Esta vez, la vida me trajo de nuevo una oportunidad para aprender con éxito la lección, porque este hombre y yo, por ahora, no podemos separarnos. De hecho, debemos vernos cada día, y yo no puedo irme.

El día en que tuve que enfrentarlo de vuelta, estaba ávida de castigarlo con mi rechazo, con enojo y con ganas de llorar a escondidas. Habiendo estado allí varias veces, no me parecía claro que hubiese otra salida que sufrir, no fluir con la vida y con las situaciones que me lo traían a él de vuelta, sufrir.

Lo diferente esta vez es que, por lo menos, no quería estar ahí. Sabía que no era necesario, pero no tenía idea de cómo salir de la cárcel de mi mente, de la terquedad de mi interpretación, de mi corazón acelerado, mi dolor de estómago revuelto y mis emociones encontradas.

Lo vi llegar, lo vi pasar por mi lado y revisé mis manos temblorosas. Pensé, “esto no lo voy a lograr… sin ayuda”. Tal y como dice el Curso de milagros, recé bien adentro, “espíritu santo, infinito, por favor, ayuda, entrego esta situación a lo alto”. Mis piernas se movieron, caminé por el pasillo, llegué hasta él, frente a frente, y lo estrujé en un abrazo corto pero intenso, y le dije, con verdad, “bienvenido”.

Un peso monstruoso, quizás hasta de otras vidas, se disolvió al instante. Un acto cotidiano pequeño, que incluso he hecho otras veces (pero sin honestidad), algo nimio, se sintió como un  renacimiento. A partir de allí, flui con mi entorno, la angustia desapareció, recibí sus gestos amables con sonrisas firmes y sinceras, pude compartir con los otros, estar con serenidad y buen ánimo desde allí hasta hoy cada día, cada mañana en la que lo veo pasar. Algo se disolvió y lo único que necesité fue decir, “entrego, esto no lo puedo hacer pero Tú sí, entrego”.

¿Qué buen estudiante del curso, ah? He vivido el milagro.

milagro

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