Tres prácticas para expandir la paz

Rodrigo Restrepo Ángel
Profesorde yoga Happy Yoga

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  1. Siembra el propósito firme de estar en paz

Ante todo decide la paz. Date cuenta que la paz no está afuera. La paz es una decisión interna, un propósito y un camino. El ego te dirá que la paz es aburrida, que necesitamos siempre un poco de drama, un poco de conflicto y de fricción para sentirnos vivos. Te insinuará que la paz es un estado frío, inerte y sin mucha gracia, que siempre se puede buscar un culpable para juzgarlo. Pero si observamos atentamente este pensamiento, veremos que esa manera de operar nunca nos ha llevado a la paz. La paz es un modo de ser tremendamente dinámico y vivo. La paz es dicha profunda y creatividad: es juego, movimiento y expansión. La paz es una danza sagrada, es Shiva y Shakti haciendo el amor y creando eternamente el universo. Solo estando en paz con nosotros y con los otros podemos ser realmente creativos, como los árboles, como los niños, como las estrellas. Solo estando en paz podremos construir una realidad en paz. Patañjali, el padre del yoga cásico, llama a este estado ahimsa, la no violencia: en la presencia de una persona firmemente establecida en la no violencia, todas las hostilidades cesan, dice en sus Yoga-Sutras. Solo estando en paz podemos acceder a nuestro verdadero potencial como seres humanos. Queremos lo bello, lo bueno y lo sagrado. Queremos lo pacífico y lo lleno de vida. Amamos la vida. La verdad es que, más allá de nuestro ego, en el fondo de nuestros corazones anhelamos la paz. El alma tiene sed de paz para poder expandirse. Necesitamos crecer y compartir, dar y evolucionar, nutrir y cuidar, abrirnos a una vibración más dulce desde la cual experimentar la realidad.

Como yoguini y como yogui, como caminante consciente de la tierra, siembra en tu práctica el propósito firme de encontrar la paz. Recuérdalo constantemente a lo largo del día. En cada situación, o al menos en aquellas que reten tu paz y te llamen al conflicto, pregúntate sin trampas, con el corazón desnudo: ¿quiero la paz en esta situación?, ¿cuánto la quiero? La fuerza de tu sinceridad determinará que te conviertas en un juguete de la rueda del conflicto o un instrumento de la paz.

  1. Pensar despacio, pensar bonito: examina tus pensamientos conflictivos

En cada situación tenemos el poder de elegir entre dos opciones: la guerra o la paz, el sufrimiento o la alegría, la limitación o la expansión, el miedo o el amor. En esto consiste, en última instancia, nuestro libre albedrío. Parece pequeño, pero es un gran poder. Únicamente podremos efectuar un cambio real y verdadero cuando nos demos cuenta de que las situaciones no son las causantes de nuestra ira o nuestra tristeza, de nuestra frustración o nuestra ansiedad: somos nosotros los que decidimos, en cada momento, cómo interpretar la realidad. En otras palabras: la culpa nunca es del otro ni de la situación, sino de nuestra decisión interna. El pensamiento genera la realidad.

Para acceder a nuestra verdadera libertad tenemos que entrenarnos. Vipassana significa observar profundamente. Es una de las más simples y potentes enseñanzas del Buda: abrir los ojos internos y mantenerlos bien despiertos. Pensar despacio, pensar bonito, dicen los mamos. En una palabra: practicar. Este planeta es una escuela. Estamos aquí para aprender a amar. Permite que tu práctica de observar los pensamientos se fortalezca y madure. Siéntate en tu cojín de meditación, entra en tu cuerpo, respira. Luego busca en tu mente todas las situaciones que generen temor o provoquen ansiedad, todas las personas o circunstancias que consideres “ofensivas”. Busca todos tus pensamientos no amorosos. A medida que cada uno surja en tu mente, obsérvalo relajadamente, diciéndote despacio y con plena consciencia: “quiero ver paz en lugar de este conflicto”.[1] No se trata de reprimir los pensamientos porque los pensamientos no se pueden reprimir. Se trata de observarlos profundamente y de abrazarlos con el fuego dulce de nuestra comprensión.

  1. Para tener paz, da la paz.

La paz es la mejor ofrenda que le puedes hacer a un hermano. Dar la paz es dar el perdón. El ego te dirá que solo puedes dar cuando has recibido. Pero ese es un pensamiento pobre y limitado. Una genuina comprensión te dirá exactamente lo contrario: dar es recibir. Únicamente al dar –al darnos en cuerpo y alma– tomamos consciencia profunda de que la paz, el amor y la vida provienen de una fuente inagotable. Eso es seva, el servicio. Ojo: no se trata de moralizar. No se trata de salir a predicar y decirles a los demás que “tienen que estar en paz”. Se trata de abrir el corazón y amar. En silencio y en acción. En rezo y en meditación. Se trata de ofrendarnos como un fruto, como una flor en un altar. Se trata de encendernos y permitir que brote eso que somos y que realmente anhelamos. Como un incienso. Dar es recibir, dice Un curso de milagros. Al ofrecer la paz reconozco que la paz ya me ha sido dada. Al perdonar recuerdo que he sido perdonado. Al amar sé que soy amado. Ser es conocer. El corazón reconoce en silencio la vibración de la paz, el canto dulce del alma. Eso es ananda, el gozo. Ama, perdona, comparte, comprende, escucha. Medita. Brilla. Despierta. Da. Eso es ahimsa, la paz. Es un movimiento perpetuo y sagrado. Es tu vida. Amamos la vida y sabemos que la vida es un flujo de transformación. ¿Estamos realmente dispuestos a transformarnos?

 

[1] Esta es una práctica tomada de Un curso de milagros, Libro de ejercicios, lección 34.

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