India: no apto para neuróticos

camello

Estando en la India con todo su caos, pitos, vacas, suciedad, peatones, ¡caos, caos! me pareció muy irónico haber viajado tres días al otro lado del mundo a buscar paz y tranquilidad en un contexto tan extremo para mí que nunca me hubiera imaginado si quiera posible.

Entonces supe que me había dirigido a la India para trabajar mi neurosis de que todo tiene que funcionar, mi apego a las reglas, a que las cosas se cumplan y marchen como yo creo que deben marchar. Vaya lección. Mi apego a que lo que yo llamo bello o limpio, aceptable o soportable es solo un esquema propio; que lo que yo llamo una vida feliz o satisfactoria es solo mi esquema occidental y no necesariamente lo que otras realidades y culturas consideran. Incluso dejar de apegarme a mi idea de que la libertad que yo tengo solo porque puedo escoger mi pareja sentimental me hace mejor que ellos, a quienes su familia y su sacerdote, con ayuda de la carta astral y apegados al sistema de castas, les escogen su compañero de vida y quienes, para sopresa de muchos, tiene menos probabilidades de separarse que mi supuesto “mejor” matrimonio de “amor”.

No poder apegarme a las reglas significaba realmente enfrentarme al pavor de no tener la opción de esconderme bajo un sistema, es decir, tener que lidiar con mi capacidad (o incapacidad) de comunicarme con las personas de forma tal que tuviera una experiencia de vida placentera; ocuparme de eso, de enfrentar mis miedos y hablar, pedir o reclamar si era necesario y tener resultados positivos.

Esta experiencia rápidamente me hizo comprender que mi idea del mundo estaba un tanto errada. Yo creía fervientemente que las reglas y los sistemas era algo que se imponía sobre mí y para mi desventaja y que no había forma de que esto fuera transformable o incluso manipulable a mi favor. Pero allí me di cuenta de que son las personas las que aplican las reglas y que es mi relación con ellas la que determina mi éxito o fracaso en la fluidez de mi cotidianidad. Aunque es una visión retadora, porque pone la responsabilidad de este lado y no afuera, es mucho menos trágica y mucho más empoderadora.

Así que, cuando pude aplicar el desapego a estas necesidad de control y de falsa perfección, comenzó a florecer el país en todas sus maravillosas dimensiones. Sus colores que vienen de frutas, verduras, especias, vestidos de mujeres, flores y fuertes de imperios extintos; sus sabores tan deliciosos como los que nunca antes había probado; lo indescriptible y extraño de los templos hinduístas, jainistas, sikh y musulmanes; su diversidad versus su conservadurismo, la forma en la que conviven en menos tensión de la que pensaba todos estos credos y formas de vida; y, sobre todo, los corazones de muchas personas que con su humildad y disposición de servicio y ayuda a los otros, nos hacían aguar los ojos. Los indios (que no son solo hindúes) entonces me resultaron personas risueñas y cálidas que quería conocer más y más.

Claro, estaba el asunto también de estar en una situación en donde todo el tiempo los niños, guías, vendedores, todos te piden dinero. Y era vivir esa incomodidad y comprender de dónde sale, comprender que nadie puede quitarme nada ni obligarme a hacer nada o a dar nada que no quiera dar (esto para todas las escalas de la vida) y que podía vivir en paz sabiendo que sin importar cuánto me pidan, yo doy lo que quiero dar y no por razones de ego, por lo que otros piensen de mí, sino porque estoy conectada con el dar y así fluye naturalmente de mí. Así, la experiencia de dar se convirtió en algo muy bello, y al final, cuando le dimos la propina a nuestro chófer y a nuestro guía (de una suma que nunca antes había dado y que no pensé que daría)me sentí muy feliz y en paz.taj

Sin duda, para mí como occidental yde origen católico, fue sorprendente como la religión allí en India no está separada de la vida, ni de la praxis; de hecho, la regula. No es algo privado, abstracto o subjetivo. La religión en la que naciste, sea sikh, hinduísta, musulmana, etc. marca el trabajo que tienes, la esposa o esposo y, de hecho, parte de la producción cultural está permeada por ello, hay música sikh, hindu y musulmana.

Toda esta experiencia me dejó más que lista para lo que venía inmediatamente después. Mi taller del Pathwork en la mismísima casa donde todo comenzó: Seven Oaks Retreat Center, recorriendo los caminos que Susan Thesenga recorrió pensando sobre su vida y que tan bellamente expone en su libro.

De todo lo que trataba este taller era sobre cómo nosotros mismos creamos nuestra realidad, cosa que ya había estado justamente experimentando en la India cuando trataba de hacer el switch de mi visión de las cosas a otra posible (que me traía menos sufrimiento).

En esos días hablamos de cómo, si bien no necesariamente causamos los eventos que pasan en nuestra vida sí (y definitivamente) creamos la experiencia que tenemos de ellos. Esta experiencia está determinada por las imágenes del mundo que hemos decidido adoptar y que probablemente nos han llevado hasta donde estamos (en ese sentido son útiles), pero que son deficientes al alcanzar otros niveles de consciencia y darnos cuenta de que podríamos ser considerablemente más felices, exitosos y sobre todo útiles para la humanidad. Ser conscientes de que creamos nuestra propia realidad hace que ya no seamos víctimas de la vida o de los otros, sino creadores activos de nuestro vivir.

Esto derivó en una reflexión acerca de cómo, alimentando nuestras imágenes negativas del mundo, malgastamos el tiempo y dejamos de vivir en el presente para confinarnos en nuestras mentes, contándonos historias de lo malo que puede pasar o de lo terrible que ya pasó.

Vi reforzada esta idea al tener el placer de leer durante el curso el libro de Billy Fingers, la historia de una hermana a quien su recién fallecido hermano le habla contándole sus experiencias sobre el otro mundo.

Allí, Billy le decía a su hermana que para ser feliz era indispensable fijarse en las cosas que a uno le traen dicha y ser capaz
de reconocerlas en el día a día. El sonido de los árboles al viento, el sabor de la naranja, la sensación de la seda en el cuerpo, cosas simples y poderosas. Yo relacionaba esto mismo con lo que dice la Guía del Pathwork: ser sensible a esas fuentes de dicha es lo mismo que estar en un estado de amor.

El estado de amor determina tus percepciones, tu salud, tus pensamientos. Cuando uno se encuentra en un estado de odio, todo le parece feo, desagradable, no es capaz uno de respirar. Al decidir estar en el presente en un estado de amor, la vida es bien distinta.

Lo bueno es que se trata solo de un ejercicio de dos partes: ser capaz de identificar cuando uno está en estado de odio y luego tomar la decisión de salir de él. Esto es, habitar el presente en todo lo simple y poderoso que es.

Debo decir que, nuevamente, mis viajes y mis búsquedas me traen a un punto de no retorno cada vez más cercano a la felicidad. ¡Sí se puede!

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4 thoughts on “India: no apto para neuróticos

  1. Quiero agradecerte como siempre el que compartas tus largos viajes, profundas experiencias y poderosas reflexiones con tu palabra siempre cercana y sincera. Gracias por ser real y mostrarte en toda tu humanidad. Me siento agradecida de conocerte. ❤️

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  2. …..”El estado de amor determina tus percepciones, tu salud, tus pensamientos. Cuando uno se encuentra en un estado de odio, todo le parece feo, desagradable, no es capaz uno de respirar. Al decidir estar en el presente en un estado de amor, la vida es bien distinta.”……y que distinto que es Cata cuando todo lo que sentimos, vemos, apreciamos, disfrutamos, amamos y agradecemos están en nuestras manos y; cuando estamos en este estado de consciencia entonces estamos muy cerca de la felicidad. Me deleité con tu reflexion ….Gracias.

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