La compasión es nuestra esperanza

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Tara Brach

Desde que me fui a Nepal, he estado escuchando las charlas y meditaciones de Tara Brach. Su propuesta sobre la aceptación radical y la compasión hacia uno mismo son muy poderosas y están transformando mi vida. Lo último que escuché fue su conferencia sobre la compasión (What is it Like Being You?), y no solo me pareció muy oportuna para este momento de mi vida, sino que me hizo sentir que este mensaje es tan importante, que debía divulgarlo.

Aquí estoy, escribiendo de ello.

Según Tara, se ha generado una confusión entre empatía y compasión. Empatía se entiende como “ponerse en los zapatos del otro”, sentir como si uno fuera el otro. Pero hacer esto es muy agotador, lo puede quemar a uno al punto de no poder seguir cuidando del otro, porque es muy duro, muy triste o muy lleno de ira, muy difícil. Entonces, la empatía no es sostenible, se agota y lleva a una defensa para protegerse de los sentimientos negativos. Usualmente esta defensa es la indiferencia.

La compasión, en cambio, es empatía pero con consciencia, uno siente con el otro, pero sin identificarse con la emoción, tomando una distancia productiva que deja espacio para actuar, ayudar y compartir. La compasión es la esperanza para la unidad en el mundo, es lo que nos conecta con los demás de formas saludables y poderosas. La empatía da fatiga, pero la compasión se siente bien, y lleva a la acción.

Si es la compasión lo que queremos cultivar, es momento de preguntar: ¿qué es lo que bloquea nuestra compasión en la vida diaria? Tara Brach menciona cinco actitudes que usualmente tomamos y que nos hacen olvidar de los demás, de lo que otros necesitan, del dolor del otro, del querer ayudar y tener un corazón abierto. Todas ellas son producto del miedo. Veamos.

  1. Escapar

La persona tiene tanto miedo de perderse en el dolor del otro que opta por ignorarlo o hacer como que no existe, incluso irse, esconderse, abandonar a quien sufre. Ejemplos de esto son familias que se rompen cuando a alguno le es descubierta una enfermedad terminal y alguien sale despavorido, pero incluso también cuando tenemos amigos deprimidos o en mala situación y los dejamos porque, en lugar de compasión, vamos a la empatía y nos agotamos. Algunas veces esto se manifiesta en forma de compasión “abstracta”, “qué triste lo que pasa en tal lugar o lo que me dice mi amigo”, pero no estamos sintiendo con ellos, hemos tomado una distancia lejos de las emociones.

  1. Identificarse

La segunda actitud es caer en la empatía, no tener consciencia de nuestros propios procesos, de manera que estamos atrapados en el dolor del otro y no podemos ayudarlo, es como una contracción, no hay espacio. Lloramos con el otro, nos morimos de tristeza o de rabia y entonces, ¿quién ayuda? A veces incluso el que sufre termina consolándonos… todo está patas arriba.

  1. Pelear

Cuando estamos tan asustados de no ser buenos, de no ser perfectos, tan asustados de ser criticados o señalados, no podemos ser compasivos con el dolor del otro. Creemos que el mundo es siempre una guerra y cada interacción un posible ataque. Tenemos las armas listas. Así, no hay manera de escuchar al otro y mucho menos de comprender su dolor y sentirse triste y cercano. Los ejemplos aquí son muy iluminadores.

Uno primer ejemplo es cuando una persona afrodescendiente o alguien de un grupo étnico víctima de violencia (palestinos, cachemires, etc.) le dice a una persona blanca, por ejemplo, o alguien del ejército del país que ejerce la violencia, sobre su experiencia de opresión y todo el dolor que esta persona y sus ancestros sufrieron. Esta persona en situación más privilegiada, al escuchar el lamento del otro, si decide usar el ataque y no la compasión, va a defenderse diciendo que no fue quien hizo el mal, o que no fue su generación o que incluso es más bien culpa de ellos lo que les sucedió y les sucede. Esta persona está tan asustada de ser culpable que, en lugar de oír y sentir compasión por el otro, se defiende a sí mismo. Y puede que ni siquiera sea un ataque directo, puede que sí. El caso es que esta persona no puede ofrecer amor y compasión ni mucho menos preguntarse qué grano de verdad puede haber en la acusación, si es que la hay. Esta defensa, que consiste en pelear y juzgar al otro, puede ser tan despiadada como se imagine, tan dolorosa y terrible. Es lo que por ejemplo Tara llama “culpa blanca” (white guilt), la culpa de las personas blancas que no aceptan el racismo y la opresión que ha sucedido y sucede hacia personas de color y que es perpetuado por personas blancas y, más aún, que no pueden sentir compasión por quienes han sido violentados, no pueden compadecerse del dolor ajeno.

El segundo ejemplo es clásico: una pareja está teniendo una discusión y uno le dice al otro que se siente herido, que se siente maltratado en sus sentimientos por algo que el otro dijo o hizo, incluso tal vez sin intención. La pareja, en vez de escuchar y sentir compasión por el dolor de quien ama, se defiende atacando, porque tiene miedo de no ser perfecto o bueno siempre, entonces explicaciones y trata de desacreditar la versión del otro. Esta persona, peleando para defenderse, ha bloqueado su compasión.

  1. No poner atención

Nos distraemos con cosas. La mente va de aquí para allá, internet, películas, el teléfono, etc. y no se puede concentrar o ver a quien sufre. Luego caemos en la cuenta: “mi amigo estaba en apuros, me dijo que se sentía mal, y yo no escuché”.

  1. Solo verse a uno mismo

Otra defensa por miedo a sentir y compenetrarse con el otro es estar centrado solo en uno mismo. Nos preocupa más nuestra vida al punto de no ver a otros, solo nuestra cotidianidad. Estamos preocupados con nosotros mismos, el tráfico, el dolor de estómago. Seguro a todos nos ha pasado que confesamos estar en un momento difícil a nuestro amigo por algo que pasó y en lugar de ser escuchados en el dolor, el otro pregunta, ¿a mí también?, ¿yo también estoy implicado?, ¿qué me va a pasar a mí?

La forma de sanar estas actitudes es observarse con compasión a uno mismo, lo que Tara llama el “giro en U”. No culpándose y odiándose a uno, sino prestando atención a nuestras reacciones para cultivar compasión propia. Esta compasión no es lástima, no se ejerce desde un lugar de superioridad sino más de camaradería. Uno se observa a sí mismo para ver cuándo ha hecho esto, cuándo no ha podido tener compasión por estar en alguna de estas actitudes defensivas. La solución que Tara ofrece es una meditación hermosa que se llama RAIN. Es un acrónimo y debo decir que hacerlo me ha cambiad. La forma de desbloquear la compasión es volver a uno mismo de forma sana, y una manera de hacerlo es con RAIN (que significa “lluvia” en inglés):

R: Reconocer lo que hacemos. Por ejemplo, juzgué y ataqué a un ser querido cuando me dijo que se sentía mal o herido.

A: Abrir espacio, permitir. Me doy permiso de sentir lo que estoy sintiendo, lo permito, le doy espacio a la rabia, a la evasión,  la sobrecarga, etc.

I: Investigar. Por qué lo ha hago y cómo se siente en mi cuerpo cuando tengo miedo o desesperanza, confusión, etc. Investigar da espacio para “ser el océano que nombra las olas”, el observador consciente, el que nombra: esto es rabia, esto es miedo, se siente en la panza, se siente en el pecho, etc.

N: Nutrir esta parte en nosotros llena de miedo o de dolor, ofrecerle amor, “está bien, te amo, está bien”. Sirve tocarse el pecho, mirarse a un espejo, darse amor a uno mismo. Nutrir.

Después de practicar una y mil vece esta meditación, de sentir compasión por uno mismo, allí es cuando es posible pensar en responder a la pregunta: ¿qué se siente ser como el otro?, allí es donde podemos ver el dolor de la pareja con un corazón tierno, indignarnos con el dolor ajeno y actuar, ayudar, pedir disculpas, aunque no lo hayamos hecho adrede. Tener compasión finalmente. ¿Qué tal suena?

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